El risco que queda.

 Vivo en un risco que amenaza constantemente con el derrumbe.

Mi casa, en el filo de sus límites, descansa tranquila, pero consciente de su eventual caida.

Pequeños sismos me recuerdan en las noches la intermitencia de la vida; y la fugaz luz que envuelve el hogar cálido, parece atraer sombras espesas que pacientemente toman asiento en el sofá. Ellas eperan, sin adelantarse en el tiempo, sin ansiedad alguna.

Seguras de sí mismas, anuncian la catástrofe.

Pequeños deslizamientos de tierra, algunas rocas distraidas que se resbalan del risco y el polvo que se levanta asustado huyendo de una profecía autocumplida, me recuerdan que las montañas, donde se situan los riscos más preciosos, también caen.

Pero la profecia no es malvada, ni apocalíptica. Solo es una premonición amigable de la naturaleza misma de las cosas. No empaña presentes intensos con futuros cada vez más inciertos, no mancha memorias con posibilidades perdidas, con palabras no dichas.

Solo escucha, atenta, alimentándose de la intensidad eléctrica del amor, de las carcajadas, del vacío que constituye sobre sí mismo un himno a la felicidad inmediata.  A veces, se acomoda con un estruendo sordo sobre el sofá, para recordarme que no soy eterno, pero no como una amenaza, sino como una invitación a construir en el aire el último suspiro de mi casa, que está en todas partes, que no está en ninguna.

Vivo en un risco que me enamora constantemente al derrumbarse. Y a veces, con miedo construyo cimientos que no servirán de nada. A veces con noslagia intento salvar un recuerdo del abismo. A veces con felicidad, me acerco a su límite para ver las puntas de mis zapatos en el vacío.

Soy yo, frente a mi propio derrumbe, extaciado al saberme cenizas, agradecido de no ser un betusto símbolo imperecedero.
Es mi hogar, que son todas las personas que amo. Gritando en silencio. Complacidas, espero, del instante que tuvimos en el caos cósmico, para compartirnos los pedazos de existencia que fuimos algún día. 

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