El risco que queda.
Vivo en un risco que amenaza constantemente con el derrumbe. Mi casa, en el filo de sus límites, descansa tranquila, pero consciente de su eventual caida. Pequeños sismos me recuerdan en las noches la intermitencia de la vida; y la fugaz luz que envuelve el hogar cálido, parece atraer sombras espesas que pacientemente toman asiento en el sofá. Ellas eperan, sin adelantarse en el tiempo, sin ansiedad alguna. Seguras de sí mismas, anuncian la catástrofe. Pequeños deslizamientos de tierra, algunas rocas distraidas que se resbalan del risco y el polvo que se levanta asustado huyendo de una profecí a autocumplida, me recuerdan que las montañas, donde se situan los riscos más preciosos, también caen. Pero la profecia no es malvada, ni apocalíptica. Solo es una premonición amigable de la naturaleza misma de las cosas. No empaña presentes intensos con futuros cada vez más inciertos, no mancha memorias con posibilidades perdidas, con palabras no dichas. Solo escucha, atenta, aliment...