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Salvarle la vida a un suicida.

Dejé de creer que era importante salvarle la vida a un suicida. Lo hice aún sabiendo que no hay vida que valga más que aquella que conscientemente quiere acabarse, lo hice sabiendo que las lagrimas de los que quedan no compensan las lágrimas que ahogaron al que se fue. Dejé de tirarle sogas a los náufragos de mi vida, resignado vi cómo morían los que se resignaron a morir, y en la apología de la muerte que todos aceptan, entendí que ya todos estaban muertos antes de decidir que salvarlos no era tarea mía. Acepté sin remordimiento que los adictos necesitan jeringas y no cariño ni comprensión. Recalculé las veces que una sobredosis se llevó algún amigo y recordé los ojos desorbitados de las mujeres que me amaron sin saber mi nombre, que se fueron sin haber llegado y me dejaron allí donde todo empezó. Encontré en los recuerdos que escondí por vergüenza, la fuerza de las palabras que cobardemente utilicé para construir una mentira. Escarbé en la falange amenizada de admiración que...

Visita Última.

La última vez que la vi estaba sentada como estática en una de las muchas sillas de cemento que rodean la ciudad, justo en el centro del parque que tiene debajo, pavimentados como decoración escondida y oscura, cientos de cadáveres sin nombre que no recibieron nunca ninguna atención de nadie, y que hoy veinte años después, como en ese entonces, casi nadie recuerda ni sabe que existieron. Estaba aletargada, confusa, medio drogada por el polvo que levanta la indigencia y la prisa sin nombre de los que pasan por allí; era el parque triste en el centro de la ciudad triste, la capital de un país triste, en el centro de un continente que no deja de llorar. Creo que ni siquiera notó mi presencia la hora y media que estuve mirándola. Ya habían pasado cuatro años desde que la conocí y apenas dos meses desde que dejé de verla, sumido por una tristeza absoluta que me rogaba que me alejara, dejándola hundirse al darme cuenta que cualquier esfuerzo era inútil para sacarla de su propia pi...