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Sísifo el inoportuno.

Siempre sucede lo mismo, un enamoramiento malsano, impedido, inaplicable. Un par de sonrisas que carecen de profundidad y tres recuerdos confusos, difíciles de explicar. Siempre sucede que las palabras no son suficientes, que el tiempo pasa muy rápido y las conversaciones se enfrían, que las miradas de brillo que atisban un jugueteo inocente se transforman en una lástima recurrente que mira el reloj. Siempre sucede, que la excitación vacila y la incomodidad anuncia una marcha forzada que aborta una historia por falta de personajes valientes; siempre sucede, que los personajes, en su cobardía, aceptan la derrota predispuesta por la incontenible fuerza de la cotidianidad. Enamorarse, como cuestión implícita, es una muerte constante de ideales, un intento de suicidio recurrente, una habitación vacía. Enamorarse es cubrir con sábanas los objetos ausentes, pintar las paredes de colores vivos sin reparar las tuberías que pudren el interior. Es repetir eternamente el imaginario enferm...

+Cotidiano+

Todos los días despierto en un colchón hecho de gente muerta, de la que conozco y de la que no, de aquella por la cual pude hacer algo y no hice, y de aquella donde algo hice y no funcionó. Me despierto y aparto mi cabeza de la almohada rellena de ojos excitados, condenados a estar abiertos hasta que se les haga justicia, obligados a no parpadear por si alguien se atreve a sostenerles la mirada. Despierto quitándome las sábanas de encima, pesadas como los huesos rotos que nadie ayudó a sanar, que no tienen condenas ni culpas. Despierto sudando por las cobijas creadas con el cabello de las niñas que ya no crecieron más. Desayuno con las noticias de la masacre de moda, contando las cabezas que ya no pertenecen a sus cuerpos, buscando sonrisas en los dientes ensangrentados que ya no tienen labios que los cubran, en una obra surrealista de carcajadas de violencia desmedida. El café que me despierta lo cultivaron campesinos muertos, con familias muertas, en campos muertos. Sabe a m...