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Mía

Me siento insoportable, levitando a la intemperie. Olvidado del mundo, olvidado de mí; Como si todo fuera una pintura fresca y yo el aire que todo lo seca. Me siento lejos de todo, aunque me encuentre cerca del mundo, pero lejos, muy lejos de ti. Me siento invencible y fuerte en la memoria de lo que somos, Débil, silencioso en el presente perpetuo que me acompaña. Me siento invierno que se niega a partir sin congelar tus labios, Otoño que no distingue el amarillo del sol y el naranja de las hojas que caen. Me siento parte del mundo que empieza en tus pies, que caminan muy lejos, Poema sin tono ni color más allá de mis anhelos. Me siento patrón del vacío, mercancía valiosa que se estropea; Boxeador sin fuerza ni técnica, que igual golpea. Me sé más allá de los mementos difíciles, Te veo desde atrás, adelante donde están los sueños. Me veo encontrándote, a siete mares de distancia; Te veo perpetua en la cercanía, en la certeza de saberte mía.

Pupilas Amarillas

Hablamos para olvidar palabras, para encubrir verdades y sopesar mentiras. Nos inmiscuimos en asuntos que no entendemos para darle color a un cuadro lleno de tonalidades negras que no se pueden lavar.  Somos la revolución absoluta de nosotros mismos, la infame guerra de nuestros pechos, la hambruna de ideas y la falta de combustible de nuestros sueños. Somos idealistas asesinados por el peso continuo de la realidad urbana, ladrones de esperanzas, asesinos de confianza.  Fuimos aventuras más allá de nuestros ojos, plurales optimistas, divorciados amargados, realistas insípidos incapaces de avanzar. Fuimos lo que no podemos ser y nos pesa el historial de errores que llevan los bolsillos, las decisiones que se tomaron tarde, los riesgos que no quisimos correr. Fuimos el olvido que seremos, la utopía del amor que no alcanzamos, la fatídica muerte accidental de nuestros gritos.  Seremos los escombros que nos queden, las memorias que no fallen y los tragos que ...

Pedagogía Contemporánea.

Aprendimos a vivir del miedo, a caminar con él y a callarnos cuando sale el sol. A escondernos cuando llega el frío, sabiendo siempre que un abrigo no detiene   engaños, ni espantos, ni gritos de callejón. Decidimos por decisión unilateral trotar entre las mentiras de nuestros padres y la esperanza de nuestros hijos; muchos, con suerte no nacidos, otros, nacidos sin querer nacer.  Quisimos, y nos enseñaron a querer al victimario, a cerrar los ojos y a pedir perdón; a asesinar las esperanzas de vida, a gritar en susurros perdidos, alejados siempre de cualquier extraño, de cualquier oído, de cualquier sonido que no sea nuestra propia voz.  La mitad del tiempo se nos pasó aprendiendo a ser a prueba de balas, la otra, recibiendo balazos enmarcados de amor; enmascarados en el silencio rotundo de la protesta indirecta, en la naturalización miserable de la violencia que no golpea rostros, que deja traumas que no se pueden tratar. Y no se puede cambiar el volumen de ...