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Repeticiones

Convertido en el ápice de la antipatía emocional, me siento espectador de una película antigua que tiene lugar en el futuro. Veo la precisión de sus predicciones y me fascino por la incongruencia de la mirada positiva que me venden del mundo. Veo repetirse frente a mí una escena desprovista de actores, en blanco y negro, mal grabada. Un edificio sin terminar y que nunca abrió sus puertas ahora se enfrenta al derribo; no hay nadie que llore, nadie que proteste, nadie siquiera que presione el botón y haga volar las grietas en fragmentos que, como cicatrices, muestren la historia no contada de la tristeza contenida por el peso muerto de una estructura inmóvil. Es una metáfora del cuerpo, de todos aquellos que no gritan, ni buscan ayuda, ni parpadean ante la inminente llegada de una muerte vulgar, que se llevará el vulgar cuerpo del vulgar espacio que ocupa. Me veo al espejo como el resultado negativo de una ocupación mal planteada, una clausura a la cual no le dieron oportunidad de ...

Cúmulos Rotos.

No quedan minutos en un reloj cansado de mostrar el tiempo que perdimos, ni alientos vespertinos que nos muevan de la cama ahora solitaria y fría, recordándonos constantemente las amputaciones emocionales que acompañan la vida, que nos hacen amorfos en el mundo que no queremos entender.  No quedan sontas nocturnas, teatros abiertos ni obras de arte sin desfigurar. No quedan besos cálidos, ojos cerrados, engañados, vagabundos. No quedan prostitutas sentimentales ni hombres caritativos que quieran ayudar; no queda nada, no queda usted.  Ya no acompañan al frío la lluvia y las estrellas. Ni los gatos maúllan al escuchar voces desprevenidas, risas perdidas en el silencio. Ya no somos el pasado que duele ni el futuro inventado con el amor idiota de los sueños.  Somos el presente pesado y demoledor de una casa que cierra sus puertas, que esconde tras sus paredes el llanto seco y la vergüenza que trae consigo la derrota, las cosas rotas, el corazón podrido, divi...

Una vulgar analogía a la tristeza.

Y fue el deterioro constante, natural y palpable lo único que alcanzó a ver por entre las rejas de una cárcel invisible. Las mil y una lunas que no alcanzaban para pagar la renta ni para hacer soñar; eran ya las 2 de la madrugada, el alcohol no hacía efecto y las sonrisas, desdibujadas en la vulgaridad próxima de la embriaguez temprana, nos daban como consuelo un silencio repetitivo, cansado.  La derrota era simbólica, estrambótica, sutil. Se trataba de los poemas mal escritos y la incapacidad de salir de una dirección inequívoca, prudente. Se trataba de darle continuidad a la periferia que sin mapas nos atormenta, nos envuelve y nos convierte en centros de memoria, en observatorios que con los ojos expuestos se mantienen felices para no perder la fe.  Habían heridas que se alimentaban de las caídas diarias, de los resbalones intencionales y los golpes amigables que rompen costillas, que estremecen el alma. Habían traiciones servidas, mentiras pendencieras y tej...