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Huellas Dobles.

Algo está mal, y no cuadra, ni se enfoca. Algo, medio abstracto, medio fino, se acerca y cautivo se deja ver borroso, en la sombra, como si tuviese miedo aún y no estuviera convencido de lo que va a hacer. Algo está ahí, latente, presente en las pausas de silencio colectivas, en las conversaciones finitas que se esparcen entre los labios, que secan la saliva y nos avergüenzan sin remedio alguno. Y sigue caminando, sin piernas; y hablando sin voz; me habla de la imposibilidad de hacer las cosas bien y la complejidad que representa la ley innata de querer matarnos entre todos. Algo susurra, me espanta.  Y siento que se desencajan las piezas del mundo al tocarlas, y veo los rostros quietos, complacientes, decaídos. Huele a niebla y pinos mientras se quema la montaña y se incineran juntos Mahoma y Satanás. La memoria se confunde y se destrozan las habilidades mundanas, ocasionalmente divinas del amor y la locura. Pensando en eso, en aquello; pensando en absurdos, en redencio...

Pedagogía Contemporánea.

Aprendimos a vivir del miedo, a caminar con él y a callarnos cuando sale el sol. A escondernos cuando llega el frío, sabiendo siempre que un abrigo no detiene   engaños, ni espantos, ni gritos de callejón. Decidimos por decisión unilateral trotar entre las mentiras de nuestros padres y la esperanza de nuestros hijos; muchos, con suerte no nacidos, otros, nacidos sin querer nacer.  Quisimos, y nos enseñaron a querer al victimario, a cerrar los ojos y a pedir perdón; a asesinar las esperanzas de vida, a gritar en susurros perdidos, alejados siempre de cualquier extraño, de cualquier oído, de cualquier sonido que no sea nuestra propia voz.  La mitad del tiempo se nos pasó aprendiendo a ser a prueba de balas, la otra, recibiendo balazos enmarcados de amor; enmascarados en el silencio rotundo de la protesta indirecta, en la naturalización miserable de la violencia que no golpea rostros, que deja traumas que no se pueden tratar. Y no se puede cambiar el volumen de ...

Plural

La verdad quisiera gritarle, sentirle los labios al mundo y no temblar sin razón. Quisiera moldear en mis manos un instrumento, un lamento para el mejor postor. Y quisiera no sonar extraño al decir que tengo en la garganta una metástasis suicida y que extrañar se ha convertido, sin más, en una estúpida forma de guardar las ruinas, de escuchar las liras y seguir bailando para ver a Roma arder.  Me gustaría detenerlo todo y abrazar el tiempo, ver si así las palabras no atragantan ni ahogan, ni entierran en sus pequeñas mentiras las pequeñas sonrisas que nos parecían simples y que cuestan tanto. Ver, si de lejos el vómito verbal que no quiere salir se anima y nos acompaña en esta cena promiscua de rostros torcidos y orgasmos a medias, porque me gustaría robarle al minutero las cuerdas para hablar despacio y poder pedir perdón.  Perdón a los sin-nombre que no me interesan, a la naturaleza que me pesa, a las pastillas que no me tomé, y a la gente que no abracé por inca...