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Salvarle la vida a un suicida.

Dejé de creer que era importante salvarle la vida a un suicida. Lo hice aún sabiendo que no hay vida que valga más que aquella que conscientemente quiere acabarse, lo hice sabiendo que las lagrimas de los que quedan no compensan las lágrimas que ahogaron al que se fue. Dejé de tirarle sogas a los náufragos de mi vida, resignado vi cómo morían los que se resignaron a morir, y en la apología de la muerte que todos aceptan, entendí que ya todos estaban muertos antes de decidir que salvarlos no era tarea mía. Acepté sin remordimiento que los adictos necesitan jeringas y no cariño ni comprensión. Recalculé las veces que una sobredosis se llevó algún amigo y recordé los ojos desorbitados de las mujeres que me amaron sin saber mi nombre, que se fueron sin haber llegado y me dejaron allí donde todo empezó. Encontré en los recuerdos que escondí por vergüenza, la fuerza de las palabras que cobardemente utilicé para construir una mentira. Escarbé en la falange amenizada de admiración que...

Cúmulos Rotos.

No quedan minutos en un reloj cansado de mostrar el tiempo que perdimos, ni alientos vespertinos que nos muevan de la cama ahora solitaria y fría, recordándonos constantemente las amputaciones emocionales que acompañan la vida, que nos hacen amorfos en el mundo que no queremos entender.  No quedan sontas nocturnas, teatros abiertos ni obras de arte sin desfigurar. No quedan besos cálidos, ojos cerrados, engañados, vagabundos. No quedan prostitutas sentimentales ni hombres caritativos que quieran ayudar; no queda nada, no queda usted.  Ya no acompañan al frío la lluvia y las estrellas. Ni los gatos maúllan al escuchar voces desprevenidas, risas perdidas en el silencio. Ya no somos el pasado que duele ni el futuro inventado con el amor idiota de los sueños.  Somos el presente pesado y demoledor de una casa que cierra sus puertas, que esconde tras sus paredes el llanto seco y la vergüenza que trae consigo la derrota, las cosas rotas, el corazón podrido, divi...

Intermitente

Ella es la suma de los errores que bailan al compás de la desdicha, El silencio cómplice del maquillaje que se corre muy despacio y sin querer; La luz intermitente que no alumbra ni se va cuando se acerca, Las ganas que se expanden y sumergen en sus pies. Ella es el verde de unos ojos que no observan fijamente, La lentitud obstinada de la réplica de un temblor en las costillas; La respiración cortada de una nariz respingada que se niega a contestar. Es la piel perfecta de un blanco conforme y un sinfín tonalidades escondidas; La marca descarada del abrigo comestible de sus labios de papel, Es el juego prohibido de extasiarse con su lengua sin tocarle una pestaña, El riesgo de probarla y no poderse separar. Ella es una droga que no venden, un cigarrillo que no prende, Un poema que no existe y tres abrazos que no están. Ella es un camino sin retorno en un bosque sin salida, Un trago de Whiskey que me quema antes de entrar.

Vivir es un Riesgo

Vivir es un riesgo, lo sabíamos desde antes de que lo descubrieran los científicos. Vivir mata, no hay duda de ello. Mata lentamente, sin remordimientos, sin rencores, sin odios, sin amores. Vivir acaba por aburrir a algunos, a los que viven más, a los que viven mal, queriendo neciamente vivir bien. Vivir, no deja de ser una aventura suicida, consiente, ardiente. Vivir es una apuesta que nadie gana, pero que divierte. El cigarrillo mata, destruye, corroe. El cigarrillo da los momentos más libres, más bellos y tranquilos. El humo nos envuelve en su cascada pestilente, hermosa. Nos habla al oído, nos grita siempre que terminemos con él. Nos pide que lo matemos, como parte de un trato macabro donde somos iguales; Donde nacimos y somos para ser pasado, para ser   recuerdo usado, sin eternidad. Y mata el Alcohol, nos disminuye la vida, nos consume los días y nos distrae del mundo. Y también nos ahoga en llanto, y en risas, y en borrosos recuerdos que que...