Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Viejo

Llegar en Ocaso.

Llegar en el ocaso es llegar sin que se haga tarde, pero lejos de llegar temprano. Son las luces tenues que recuerdan una brillantez pasada, es la madera ardiendo que va dejándose ganar del humo y que calienta lo suficiente y nada más. Es llegar al cierre, sin que nada cierre aún. Es ese espacio de tiempo suficiente para entrar fugazmente en la vida de todos y hacer un saludo corto sin profundizar. Es la premonitoria muerte junto a los preparativos de huida. Es el espacio justo entre el anuncio del héroe que claudica y el silencio que precede los aplausos de la despedida. Y llego en el ocaso, cuando el frio no es intenso ni el calor molesto. Cuando todos son ya viejos conocidos y cansados; cuando se vuelven renuentes a conocer más.  Llego entre la espera de los impacientes que expectantes observan la puerta de salida, entre los confiados que se acomodan en sus sillas porque saben que saldrán al final. Llego en la entrada tímida de la muerte, cuando ésta no se asienta aún. Cua...

Verdades a Medias.

No tengo tiempo, ni gritos, ni ganas de llorar; No tengo recuerdos lindos que se borren por azar. No tengo botas rotas que amenicen el camino, No tengo vacío en el estómago, solo tengo frío. No quiero pensar que detrás de usted se me fueron las palabras, Ni quiero escribir para que digan que estoy perdido. Recordar sólo duele en horario de oficina, Pero duermo en las noches con alguna medicina. No me he enamorado, no he tenido oportunidad, Digamos que me muevo como me enseñó a andar. Digamos que lo único podrido es el almuerzo de la tarde, Digamos que se fue y que todo siguió igual. Déjeme tirarla lejos, déjeme dejarla ir, Déjeme matar lo que era bueno, Déjeme guardar lo que la obligó a huir. Olvídese de las sonrisas, olvídese de mí, Que de las escenas bajo la lluvia solo le quede el barro entre los dedos, Que de las comidas solo las cuentas, que de la madera solo el aserrín; Clausuremos las vísperas, embauquemos al diablo; Obliguémo...

La veritá del Viejo.

El único momento en su vida en el que se sintió asustado fue cuando se le acabaron las palabras. Ya hace tiempo se le había acabado la imaginación y la imaginería, las cabalgatas lúcidas y los bailes frescos; Hace tiempo ya había botado por falta de uso su corazón, su hígado y sus pulmones, pero no su boca, esa era preciada y ahora ya no le servía más. Su lengua, antaño intrépida y musculosa, aventurera nata y saltarina sin fin, ahora se encontraba lenta, tiesa, quieta y triste. Sus labios, siempre corriendo, siempre haciendo correr, hoy ya no podían mover el viento para soplar desventuras pasadas ni fantasmas oblicuos; era la debilidad de las tildes, la franqueza quebrada de las comas al final de un párrafo y la hipocresía de los puntos finales a mitad de la oración lo que quedaba, lo que le dejó La Veritá. Había gastado su vida en conversaciones profundas, en palabras pausadas, en desconocidos infinitos y sonrisas a desnivel por encima de sus zapatos. Había vivido feliz ...