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La veritá del Viejo.

El único momento en su vida en el que se sintió asustado fue cuando se le acabaron las palabras. Ya hace tiempo se le había acabado la imaginación y la imaginería, las cabalgatas lúcidas y los bailes frescos; Hace tiempo ya había botado por falta de uso su corazón, su hígado y sus pulmones, pero no su boca, esa era preciada y ahora ya no le servía más. Su lengua, antaño intrépida y musculosa, aventurera nata y saltarina sin fin, ahora se encontraba lenta, tiesa, quieta y triste. Sus labios, siempre corriendo, siempre haciendo correr, hoy ya no podían mover el viento para soplar desventuras pasadas ni fantasmas oblicuos; era la debilidad de las tildes, la franqueza quebrada de las comas al final de un párrafo y la hipocresía de los puntos finales a mitad de la oración lo que quedaba, lo que le dejó La Veritá. Había gastado su vida en conversaciones profundas, en palabras pausadas, en desconocidos infinitos y sonrisas a desnivel por encima de sus zapatos. Había vivido feliz ...

Movimiento.

Cuando calló la última hoja del árbol ya no había verde, ni café, ni blanco; no había sonidos estorbosos ni pensamientos repentinos. El viento, pesado en su rapidez indiferente apenas podía tocar las mejillas rojas por el frío que se esforzaban por mantenerse quietas mientras el cuerpo, como revelándose, temblaba de vez en cuando. Primero el dedo medio de la mano derecha, luego el hombro izquierdo, la espalda, una pierna, el pecho, los párpados; cada parte se estremecía independiente, rebelde, fugaz y obstinada de la muerte que representaba la quietud. Quería que su cuerpo fuera un espejo burlesco del movimiento infinito del mundo, de la rapidez del tiempo y la falta de estática en los ojos de los demás. Tenía la plena certeza de que solo en la completa falta de movimiento se escucharía gritando sin necesidad de mover los labios y entendería esa virtud que la gente había llamado amor y que ella conocía como tristeza. Estaba cansada, hastiada de la repetida serie de pasos que...

Agárrate.

Agárrate fuerte de lo que sea estable, monótono, encadenado. Agárrate de lo que no tiemble, de lo que no llore, de lo que no cambie; Agárrate y no te sueltes que te llevará el viento, la locura, la inimitable perseguidera de la hijueputez que llevas dentro. Agárrate de la esperanza y las buenas intenciones, permítete amar si te dejan, follar sin quejas, cargar llantos ajenos por caridad. No te sueltes a la realidad sucia y llena de polvo de la gente que cambia sus amores por dildos baratos, por besos de encaje y cocaína al por mayor.  No abras los ojos, sueña, mira el sol en las mañanas y deja de lado la polución maldita de las tristezas que embargan corazones rotos. Déjate llevar por las sonrisas efímeras y no por las marcadas arrugas que deja la nostalgia en un rostro amable, déjate caer en las ayudas humanitarias que a nadie ayudan, en el agua que se envía en aviones y que no quita la sed, en las ganas infinitas de hacer algo por alguien sin que signifique mayor esfuerz...

Retazos

Salvemos al mundo de a pedazos y con sonrisas miniaturas, Pueden parecer rotas, quebradas, remiendas, Puede que se esfumen en la cara, puede que no entendamos que pasó. Puede que sea la nostalgia de no verla, Pueden ser las lágrimas de un bufón. Los pasos de sus pies como mis acordes inconclusos, Las ganas de no ser una mirada en un cajón. Las ideas que se cruzan y se mueren en batalla, El montón de rarezas que madrugan a encontrarse Y las casualidades infinitas que nos trajeron hasta acá. Que si se tiene que tentar al diablo que se tiente, Que el miedo se me va hoy entre los pies. Que esto no es poema, ni canción, ni rima, ni balada, Ni nada de nada, porque esto soy yo. Y llegan las ganas de mirarlo todo en cámara lenta, Una cámara que corra y no se detenga. Y llegan las ganas de saltar y que el suelo no sostenga, Que queden sonidos, envueltos en papel.

El Artista.

Se quiso engañar esa noche, quiso mentirse y aceptar la irremediable desfiguración de cada palabra que decía mientras le chocaba el aliento con un rostro inexpresivo, sin movimiento, casi muerto y aún vivo en la tristeza que amargamente lo alimentaba y lo mantenía en el vaivén ridículo de sus respiraciones pausadas.   Había pasado gran parte de su vida ayudando a otros a mantenerse fijos en la tierra, lejos de los desbarrancaderos que la memoria utiliza como trampolines, atando cuerdas en brazos desprendidos y desatando nudos de gargantas ahogadas; Sin embargo apenas podían sus zapatos no arrastrarse ni llevarse el polvo del silencio que lo seguía, apenas podía escupir en cada esquina cuatro palabras que le pesaban, que lo seguían y lo querían abrazar. ¿Alguna vez ha sentido cómo los puntos suspensivos de un párrafo terminal se aferran a la vida, a la continuidad? Si sí, entonces conoce la desesperación, el sinsabor y el vacío que precede a un salto que sin protección al...