Entradas

Visita Última.

La última vez que la vi estaba sentada como estática en una de las muchas sillas de cemento que rodean la ciudad, justo en el centro del parque que tiene debajo, pavimentados como decoración escondida y oscura, cientos de cadáveres sin nombre que no recibieron nunca ninguna atención de nadie, y que hoy veinte años después, como en ese entonces, casi nadie recuerda ni sabe que existieron. Estaba aletargada, confusa, medio drogada por el polvo que levanta la indigencia y la prisa sin nombre de los que pasan por allí; era el parque triste en el centro de la ciudad triste, la capital de un país triste, en el centro de un continente que no deja de llorar. Creo que ni siquiera notó mi presencia la hora y media que estuve mirándola. Ya habían pasado cuatro años desde que la conocí y apenas dos meses desde que dejé de verla, sumido por una tristeza absoluta que me rogaba que me alejara, dejándola hundirse al darme cuenta que cualquier esfuerzo era inútil para sacarla de su propia pi...

Maleza íntima.

Es mejor cuando no sonríes, cuando tú cara, repleta de todo no refleja nada, Te prefiero sin gestos, sin risas, sin llantos; Me gusta cuando no hay vida, cuando no estás tú. Quiero querer un cascarón sin memorias que me acompañe, que me mime, que me abrace; Quiero querer un hueco absoluto en donde van tus ojos, un relleno horrible donde está tu piel. Ojalá no fueras la persona que amo, ojalá no escuchara nada que viniera de ti; Ojalá en la mañana no olieras a nada y ojalá tus ecos no fueran reproches que me cargan la vida, La vida que se fue detrás de ti. Si pudiera coserte la boca, arrancarte el pelo y pintarte los labios de café; Si quisiera alejarme cuando tú te alejas, dejar de sentirte cuando ya no estás. Si fueras una imagen perfecta, quieta, estable; Si fueras menos humana, menos libre, insoportablemente menos tú. Te preferiría absolutamente lejos de cada aspecto que amo de tú carácter, De tus impresiones fallidas, de tus batallas perdidas;...

Movimento

La mitad de las cosas que sentía cambiaron al abrir los ojos la mañana de tranquilidad póstuma a la tormenta; no sentía dolor alguno y aun así una sensación extraña le mandaba corrientazos paulatinos desde el cuero cabelludo hasta el ombligo. Todo seguía igual, no le faltaba ninguna parte del cuerpo, su aspecto, a excepción de las ojeras seguía exactamente igual; la gente se levantaba, comía, caminaba y seguía sin siquiera percatarse de lo que había sucedido. La verdad es que esperaba encontrarse con un mundo oscuro que llorara su pérdida, intentaba pintar el paisaje de gris por completo y reflejar en el rostro de cada ser humano la tristeza y la humillación que sentía. Intentaba, sin ningún efecto, imaginarse cómo los edificios de concreto caían lentamente al vacío mientras los autos se detenían por completo frente a la avalancha de nostalgia que cargaba en la espalda. Pero así no fue, el sol siguió saliendo y detrás de él la luna y las estrellas. Todo seguía ahí, como un...

Asido

Y entonces me di cuenta que estaba detenido en el tiempo, como impreciso en la velocidad infinita de los pasos impropios y el cansancio ajeno. Noté al mirar al cielo que había parado de llover, pero las gotas, sin dejar de caer del cielo, me humedecían las ganas de correr lejos y esconderme en un lugar sin futuro ni fracasos; ya no había tormenta para nadie, pero esa enfermiza calma en los corazones me enfermó las venas más profundas del cuerpo, y me silenció los pulmones un segundo, dejándolos en pausa, volviéndome incapaz de respirar.  Me había detenido sin dejar de andar y como en una inercia innecesaria se me había ido por el sifón el sentimiento de alegría al verle los ojos. Allí estaba yo, mirándola sin saber cómo ni por qué había dejado de amarla, de amarme, sin entender cómo sus ojos ya no brillaban ni sonreían sus labios ahora pálidos y sin vida. Allí estaba, frenado, averiado, desenchufado, desconectado de absolutamente todo menos de mí; podía sentir mis latidos,...