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Asido

Y entonces me di cuenta que estaba detenido en el tiempo, como impreciso en la velocidad infinita de los pasos impropios y el cansancio ajeno. Noté al mirar al cielo que había parado de llover, pero las gotas, sin dejar de caer del cielo, me humedecían las ganas de correr lejos y esconderme en un lugar sin futuro ni fracasos; ya no había tormenta para nadie, pero esa enfermiza calma en los corazones me enfermó las venas más profundas del cuerpo, y me silenció los pulmones un segundo, dejándolos en pausa, volviéndome incapaz de respirar.  Me había detenido sin dejar de andar y como en una inercia innecesaria se me había ido por el sifón el sentimiento de alegría al verle los ojos. Allí estaba yo, mirándola sin saber cómo ni por qué había dejado de amarla, de amarme, sin entender cómo sus ojos ya no brillaban ni sonreían sus labios ahora pálidos y sin vida. Allí estaba, frenado, averiado, desenchufado, desconectado de absolutamente todo menos de mí; podía sentir mis latidos,...

Niña

Ojalá le puedan penetrar los ojos sin hacerle llorar las piernas, ojalá se vea en un espejo invisible más bella que la princesa que nunca fue; sus labios no quieren que la violen, su vestido nunca dice “arráncame”, su cuerpo no dice “empújame”, su vida no dice “ya acabé”.   Esperemos que no necesite títulos para empezar su vida, así le sobren motivos para dejar el mundo atrás; ella no quería caminar desnuda, ella no quería que la vistieran nunca más.  Gritó tan fuerte como su garganta pudo, con su gemido débil envuelto en lentitud. Se volvió un gusano negándose a ser mariposa, una revolución vencida, una aguja sin esterilizar. Quiso siempre que le fecundaran algo más que el vientre, deseó más de una noche poder hacer “reset”; removió la lengua de mil hombres muertos y recicló saliva para las memorias de papel.  Huele cada mañana los sonidos de sus traumas, llora por las tardes cuando el reloj se detiene otra vez. Vive en la prisión de sus sentidos desgastad...

Palabras Sueltas

Tortura, eso era verla cada día más cerca, como si pudiera unir dos decisiones mal tomadas y unas gotas de sudor que se derraman por la espalda. Infierno, eso era sentirla en su olor medio rancio y medio dulce, ese olor a mujer real, a equivocaciones selectivas en el fondo de los vasos de cristal. Cueva, era mi vida una cueva sin mayor luz que la propia, ya tan malgastada con el tiempo que no pasó y las noches de renta. Cielo, era salir de allí corriendo, saltando, gimiendo, demostrándole al mundo que el suicidio era una valentía reservada para los grandes. Cobardía, en las manos, en los párpados, en las afinidades que se derraman con calma mientras hablan del destino.  Excusas, no tenía ni quería, no existían   siquiera en sombras, en avellanas pardas que se queman en el socavón. Palabras, me sobran, le sobran, nos desalientan de lejos y nos unen en un siempre distinto, un nunca constante. Infierno, es la cercanía gastada, el fuego tibio y los ojos cansados. Miradas,...

Verdades a Medias.

No tengo tiempo, ni gritos, ni ganas de llorar; No tengo recuerdos lindos que se borren por azar. No tengo botas rotas que amenicen el camino, No tengo vacío en el estómago, solo tengo frío. No quiero pensar que detrás de usted se me fueron las palabras, Ni quiero escribir para que digan que estoy perdido. Recordar sólo duele en horario de oficina, Pero duermo en las noches con alguna medicina. No me he enamorado, no he tenido oportunidad, Digamos que me muevo como me enseñó a andar. Digamos que lo único podrido es el almuerzo de la tarde, Digamos que se fue y que todo siguió igual. Déjeme tirarla lejos, déjeme dejarla ir, Déjeme matar lo que era bueno, Déjeme guardar lo que la obligó a huir. Olvídese de las sonrisas, olvídese de mí, Que de las escenas bajo la lluvia solo le quede el barro entre los dedos, Que de las comidas solo las cuentas, que de la madera solo el aserrín; Clausuremos las vísperas, embauquemos al diablo; Obliguémo...

La veritá del Viejo.

El único momento en su vida en el que se sintió asustado fue cuando se le acabaron las palabras. Ya hace tiempo se le había acabado la imaginación y la imaginería, las cabalgatas lúcidas y los bailes frescos; Hace tiempo ya había botado por falta de uso su corazón, su hígado y sus pulmones, pero no su boca, esa era preciada y ahora ya no le servía más. Su lengua, antaño intrépida y musculosa, aventurera nata y saltarina sin fin, ahora se encontraba lenta, tiesa, quieta y triste. Sus labios, siempre corriendo, siempre haciendo correr, hoy ya no podían mover el viento para soplar desventuras pasadas ni fantasmas oblicuos; era la debilidad de las tildes, la franqueza quebrada de las comas al final de un párrafo y la hipocresía de los puntos finales a mitad de la oración lo que quedaba, lo que le dejó La Veritá. Había gastado su vida en conversaciones profundas, en palabras pausadas, en desconocidos infinitos y sonrisas a desnivel por encima de sus zapatos. Había vivido feliz ...