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Confesiones Tristes

Tengo rabia con el mundo, Con el Dios que me prometieron, Con la vida que encartaron cuando me parieron. Estoy desilusionado de lo humano, De los buenos, de los malos. Estoy castrado de sentido, Estoy cansado del  respiro; De tanta bestia, de tantos cuerpos, de tanta idea sin suspiro. Tengo miedo de la vida, De la mía, de la tuya. Tengo miedo del “nosotros”, De la falta de tristeza, de exceso de alegría sin purgante. Y ahí vamos, jodidos, vencidos, idos. Venidos de almohadas sin sueños, Expertos en amnesia, peritos en verdades; Despiertos en las noches de sol amargo, Ocultos en los días de los besos de mentiras. Con un chiste nos reímos, Con una masacre no lloramos, Con un muerto no sentimos, Con una guerra ya no vamos.

Carta a los Amores Muertos

Me gustaría matarla mientras duerme, clavarle un cuchillo en la garganta y detener sus ronquidos miniatura y sus sueños color pastel. Me gustaría taparle la boca y drenarle la vida mientras cierra los ojos, mientras llora, mientras me limpia las sábanas de tanto amor, de tantas ganas sin respuesta, de tantas respuestas sin disfraz. Sigo pensando en acariciarla hasta dormir y verla durante horas respirar  y sonreír en la almohada, desnuda. Sigo pensando dejarla ahí, prenderle fuego a la habitación y cerrar la puerta con un candado que no pueda romperse, bloquear las ventanas para que no pueda saltar. Quemarla, matarla, destrozar cada rinconcito de su cuerpo donde me sentí tan seguro, donde vi al mundo entre sus senos y entre las aureolas color vainilla que mostraba sin placer. Quiero que grite, que se ahogue en la sangre o en el humo, que la devore el colchón y que lo primero que vea al abrir los ojos sea una carta pegada al techo con mi letra que diga “La amé”. Quiero qu...

Valentía

Un día me levanté queriendo dejar de llorar por tanto quebrado, tanto insulso, tanto ignorante. Me levanté pensando en cómo podía dejar de afectarme ver tanta puta con ropa sucia y olor dulzón, con su sonrisa amarilla  y  esos dientes que se lavan entre la succión rutinaria de las penas propias y los gemidos ajenos; tantos ladronzuelos sin sueños envueltos en sida que le inyectan jeringas a las nalgas de Dios y bebés en minifalda con el culo abierto que ya tienen cédula y muestras de jabón. Un día le quise preguntar a mi abuelo sobre su vida para entender la mía y descubrí en un horno  sus cenizas todavía tibias ya sin modo de encontrar la lengua ni los labios con los que hablaba, y se me deshizo una lágrima con la que en el fondo quería humedecerle una boca que ya no existía… ¡Vida perra cómo eres de mal educada!, justo cuando quiero un consejo te llevas a la única persona que me lo daría sin tener ni íntima idea de lo que dice, justo como debe ser, justo como quiero qu...

Mi yo y su sombra.

Había acabado de colgar el teléfono, de escuchar la voz quebradiza de una mujer gritando con todas sus fuerzas y casi sentía sus lágrimas empapándome a cientos de quilómetros de distancia. Tenía la sensación de estar desprendiéndome de mi propia vida, pero ésta vez no momentáneamente sino de una vez y por todas; sentía el vacío abismal que se genera cuando se está a punto de montar a un avión, a un tren o a un bus que se sabe que no tiene ruta de regreso. Mi respiración se aclaraba y entre más lejos, más podía utilizar mis pulmones, más liviano estaba mi cuerpo, más despejada estaba mi vida. Había vivido mis últimos años en una rutina exitosa que había dado frutos suficientes para vivir soltero el resto de mi vida, había intentado estructurar una familia, un amor, una trascendencia más allá de mis historias pero cada acercamiento me cerraba un poco más la puerta a la compañía. Sólo después de conocer a Bennett pude sentirme equilibrado, era una mujer hermosa, simpática, absolutame...

Dormitar

Había una vez un cuento que carecía de comienzo, una cópula sin placer que se hizo biblia y un hijo bastardo que se quiso ahorcar en el útero para nunca ver la luz del sol. Había una vez un hada sin dientes ni alas que cobraba por horas, un caballero sin espada que apuñalaba sueños rotos en una ciudad perdida, una tortuga que no sabía artes marciales y se resignó a extinguirse a los cien años de haberse muerto su novia en el altar. Había una vez lo que no había antes ni después, un abrazo mal logrado en un reloj sin pilas, un minutero rebelde que contaba las horas, una familia invisible que era feliz. Había una vez un sueño que quiso despertarse y un soñador que no quería dormirse, un genterío sin habla que hacía ruido en los ecos tardíos y un ser humano sin  ganas de matar, que por suerte asesinaron antes de que hiciera carnaval. Había una vez gente que se preguntaba por los celos, por los amoríos, por los sentimientos. Había una vez gente buena justo antes de quebrarse en pe...

.Escribir.

La noche de nuevo se mueve entre disgustos, entre afinidades selectivas, entre multitudes ausentes y el frío inagotable de las sábanas azules donde ya nadie se quiere acostar. ¿Quiere que le diga dónde nací? En lugar muy lejano ¿De dónde? Del mundo real, ¿Por qué? Porque parecía divertido ¿Ya no? Absolutamente no. Desde el principio se sabe, así nunca se quiera admitir, que escribir es como la mentira evidente de un mitómano o una verdad aparente detrás de un engaño, casi como una gota de agua fría en el desierto que salpica directamente la lengua reseca. Es eso y no es más, es eso y lo es todo, a esa edad uno no se sabe explicar. Cuando se empieza se dice que es una forma de terapia, una manera de ver el mundo, una fantasía absuelta de cualquier mortal que sólo servirá de vez en cuando para conquistar a alguien o esconder la ira que trae consigo la diferencia, la soledad, la falta de aceptación. Sí, tuve una infancia difícil, en esos tiempos no se le llamaba Bullying, en ese ...

Idea.

Si la idea es vivir cien años, sería mejor entonces morirnos de una vez, dejar de respirar unos cuantos segundos y ahorcarnos los pulmones hasta enloquecer, estrangular las ideas suicidas, los momentos felices, los amores ridículos y los errores que nos hicieron caminar. Si la idea es vivir cien años yo me quedo sentado en la esquina para ver pasar el mundo con sus miserables, si es que Victor Hugo no se los llevó ya. Si la idea es perdonarlo todo, yo me quedo con mis rencores, con mis odios y mis ilusiones malsanas, porque si la idea es que la amnesia me bese, mejor me follo los recuerdos a mano izquierda y me olvido del futuro a su lado, del pasado sin usted y del presente donde ya no puedo ni tocarla. Yo nunca supe responderle con romanticismos baratos, con besos lentos ni saliva tibia. Yo nunca llegué a abrazarla con cariño, a escribirle con algún tipo de sinceridad y tal vez por eso usted quería vivir cien años, a ver si en alguno de ellos yo lograba hacerla feliz. Segura...

A tres voces.

(1)La primera vez que la vi, ella se sentó muy cerca de la mesa donde yo estaba, venía con dos personas que ahora en mis recuerdos no son más que sombras grises que se pierden en voces a quienes ella respondía mientras yo me encantaba escuchándole hablar, escuchando sus palabras y la pronunciación que salía de sus labios gruesos y rojos. Estaba pálida y despeinada, con el pelo largo, rebelde, disperso y elegante, estaba en blanco y negro, estaba en luz azul y en rojo cabaret, porque por cada segundo que pasaba yo sólo podía imaginar otro escenario donde podía verla siendo el centro del mundo de cualquier infeliz al que quisiese mirar. (2)La primera vez que la vi, ella se sentó a solo un metro y treinta y tres centímetros de mí, quedando justo en enfrente, donde mis ojos no podían esquivarla así quisiesen por el bien de mi salud. Venía con alguien, con dos más, pero esos más se disolvieron entre la luz que emanaba del humo que salía de su boca al sonreír, al mostrar sus dientes cui...

Vida Rota.

Todo terminó temprano, cuando siquiera comenzaba o se dejaba ver, todo se fue por el retrete tan solo dos minutos después de terminar, justo en la mitad de un beso partido y dos pulmones manchados, como un sueño ensimismado que despierta a un soñador, o una serie de eventos que todos quieren olvidar. Ella se fue con su movimiento paulatino y refinado, embriagador y casi certero detrás de las lágrimas que le desbordaban el alma y le ensuciaban los labios, él, solo callado y estático se disfrazó de hombre y se tocó el pecho, sintiendo en el fondo el pedazo de carne muerta que la vida le acababa de arrancar. No se conocían desde hacía mucho tiempo, solo un montón de días divididos en dos y multiplicados por las veces que se sintieron felices el uno detrás del otro, como si la vida tuviese sentido y se dejara engañar por sentimientos baratos. Se atragantaron en cuentos, se escribieron los huesos y se marcaron la lengua, pensando en una eternidad tan corta como un suspiro, tan fala...

La mente en blanco

Hace poco, en una de mis madrugadas, porque sí, son mías, decidí que quería tener la mente en blanco, abandonarme de todo y sentarme a verme morir uno poco antes de prender un cigarrillo, de sentir el humo. Tuve la necesidad de silencio como hace mucho no la tenía; la falta de fuerza para soportar mi propio enojo se juntó con mis ganas de no poseer absolutamente nada, ni siquiera a mí mismo. Quería no tener que soportarme, que verme, que olerme, quería arrancarle un segundo a mi vida y botarlo lejos en forma de protesta contra el condenado tiempo que pasa desprevenido por mis retinas, llenando de polvo todo lo que veo, secando las lágrimas que suelto, borrando las sonrisas, mis alegrías. En esa misma madrugada noté mi incapacidad para detenerme sobre mí mismo, girar sobre mi propio eje y saberme estático y en paz. Sentí la inexorable y castrada memoria que me viola en las noches, la falta de agujeros en la madriguera del conejo para hundirme un poco más, pero sobre todo, ahí senta...