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Cortadas.

Se levantó y miró los vidrios, era su reflejo roto y fragmentado, eran sus trozos de vida regados por el tapete sucio que nunca quiso limpiar, eran las cortadas en sus brazos endebles y las lágrimas endurecidas de los amores que nunca lloró. Estaba herida, débil, maltratada, estaba llena de ira, estaba llena de moretones de experiencia y violaciones intelectuales que le dejaban la cabeza abierta de par en par; estaba ida, ida de la puta, de la resaca, del mujeriego, estaba vendida a su suerte, a la ciudad, a las calles tan impregnadas de miedo como su piel y tan duras como su carne. No durmió durante días, no comió, no salió de sí misma pues creía que no había afuera nada que quisiera ver, estaba tan decepcionada de todo allá afuera que prefirió encerrarse en sus versos y en cada libro que encontró en una biblioteca personal llena de palabras robadas y perfumes distintos. Tomó tanta cerveza con vodka como pudo y encendió tantos cigarrillos que si hubiese abierto la ventana, las ...

Cuerpos Desnudos

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¿Cuantos ecos soporta un cuerpo desnudo? ¿Cuantos golpes, cuantas lágrimas, cuantos poemas, cuánto amor? ¿Soporta las miradas lejanas?  ¿Los abrazos nocturnos, helados, llenos de melancolía? ¿Los recuerdos forzados, las frases olvidadas de cajón? ¿Cuánto soporta un cuerpo desnudo? ¿Un suspiro? ¿Una madrugada? ¿Una canción? El cuerpo desnudo recibe tenores insípidos, le cantan de lejos sin mirarlo bien, se alejan con notas vacías, con aves marías y flores nocturnas, recibe primaveras, veranos, inviernos, recibe todo, se queda sin nada, se le resbala la vida, se le restriega la muerte, se siente inseguro, siempre, el cuerpo desnudo. Se mueve despacio, tiembla en los cambios, siente la temperatura como suya y cambia los poros de cerrados a abiertos con un roce de pupilas, con una caricia atrevida, con un golpe seco y unos cuantos tragos de ron. Debiésemos vivir desnudos, los cuerpos, de aquí a allá sin ropaje, sin calma, sin vergüenza; debiésemos movernos tranquilos los cuerpo...

El Hospital

Su problema no era no saber olvidar, el suyo era poder hacerlo solo cuando las nubes escupían tristezas y las lunas cantaban detrás de su oreja; su problema no era poder recordarlo todo, era poder hacerlo solo cuando de lejos veía sus ojos y se le metían por entre los poros un montón de agujas de hierro, cada una con una palabra, cada una con un “te quiero”. De agujas sabía bastante, tres meses antes al lado de una mesa gastada, ella había tomado una, la había puesto en su lengua y se la había tragado sin más, sí, así era ella, quería matarse los jueves en la noche porque no soportaba los fines de semana, decía que la gente no valía, y que no quería vivir ahí, así que todos los jueves inventaba algo nuevo para pasar los viernes en el hospital; le encantaban las agujas, pensaba que eran la definición completa de perfección, pequeñas, fuertes, brillantes y con un agujero para el amor, podían colgarse de cualquier cosa, hacer daño y arreglar la vida, decía que podían calentarse y per...

Faltonería de ideas.

No fue el miedo quién puso frente a todos las tres lágrimas carmesí, ni las palabras tuvieron que ver con la arremetida de recuerdos salvajes a mitad de la noche; las tristezas sin importar como, se meten por entre los poros e inundan la piel de sensaciones repetidas y suaves, el estómago de gusanos y los pulmones de malos ratos y humo denso de color gris. El peso del viento cálido de una habitación cerrada durante días silencia poco a poco los movimientos, los gestos, las ganas de todo menos de nada, abandona las ganas de compañía y la necesidad de palabras, la poquedad de relaciones y el sinfín arrepentimiento resacudo de las vidas gastadas que no se vivieron bien y se fueron por entre los ruidos que quedaron atrás. No vinieron las fuerzas al final de la partida ni salió el sol al final del día, porque a veces se le acaban las llamas al fuego y se le secan las lágrimas al océano, se van las ideas por entre las sábanas y se mojan tres cervezas en dos sacos de lana; las cosas ...

Alma y Cuerpos.

El viento dice que de noche se enturbian las tristezas y se mezclan con nostalgias robadas, como por entre las rejas el alma se sale a pasear encabronada con la vida por no merecerse la muerte, amante de partidas eróticas inconclusas que termina en su mente sin mucho placer, haciendo caso omiso a la pertinente luz roja y suicidándose en un suspiro se retira por las cortadas de la piel. Hace mucho no sabe el cuerpo que fue del alma, si se escondió en la botella sin etiqueta y con olor a peste, o en la mitad de un filtro se embutió en la nicotina y se escondió de la vida para no verse así misma enamorada, se drogó en la cueva de Platón para clavarse los párpados etéreos y no ver nada, para tragarse las ganas en la mitad de una cita,  como se van de noche las luces de un orgasmo premeditado y con lágrimas negras  se secan las palabras de perdón; no, el alma no quiere querer y por hacerlo se fue, abandonó un cuerpo a su suerte, lo dejó en la banca alta con las piernas bajas, ...

No lo hay ahí, ¡ay!.

Escríbame, le dice, escríbame algo cortíco, en diminutivo y trágico, termina como si no fuese ligado ya en si lo uno con lo otro. Alguien debería decirle con rabia que es de mala educación pedirle a alguien que le escriba así sin más, que eso es atreverse, que eso es usar los dedos ajenos y las letras manchadas de manera egoísta, que esa es una de las tantas formas de quemar pecho y llevarse vidas, de arrancarlas entre la paradoja de pedirlo directamente por un medio indirecto, de exigirlo como derecho propio, aunque a simple vista no exista ninguno. Si quiere algo trágico le podría decir que en la elocuencia se esconde una incoherencia imprecisa, una que se unta con elegancia para no gritar y hablar duro, le podría mencionar que estamos abatidos y que poseemos una bella capacidad de permanecer inertemente nostálgicos ante la nada, tristemente felices por el abandono de alguien, por la ausencia de tiempo en las paredes cerradas de una habitación sellada por el ruido de los pen...

Hizo Falta

Se nos olvidó que la vida no dura tanto, que los besos son tan eternos como las palabras, y tan efímeros como su entonación; Se nos pasó la idea de la inocencia tardía, y la cubrimos con retazos de caramelo duro para olvidar los golpes, para acariciar de lejos las ideas románticas y complicarnos cada tanto con la simplicidad. Se le acabaron al día los minutos y no pasamos un segundo en silencio, ni en paz; se le acabaron los pesos al bolsillo y no gastamos un centavo en una frase suelta, en un beso robado ni un sueño imposible con ganas de andar. Nos enseñaron que el tiempo se mide, que no se habla con extraños y que desconfiar es más sensato si a viejo se quiere llegar, aunque ahora los viejos ya no sean tan sabios, y ya no valga la pena llegar hasta allá; Olvidaron en la mitad de la cátedra aclarar que el tiempo también se cuenta, que se recita entre cada palabra dicha, entre cada carga de flores salidas en lágrimas y cada grito ahogado en silencio, seguro por eso olvidamo...

Estático.

Es sábado festivo, día de fiesta en la ciudad, en el país, es un sábado que no parece sábado y un festivo partido a la mitad, no sirve para tomarse una cerveza como los sábados matutinos, ni para descansar como los festivos del calendario,   la ciudad se siente incómoda, en la mitad de un vacío perfecto y una multitud de sueños que llenan las calles, se siente justo como no debería sentirse, pareciendo desamparada, tranquila, callada. A medida que pasan las horas, caen en las avenidas las nostalgias y se rebotan por las alcantarillas junto con las poesías inconclusas de una metrópolis errante que destroza poco a poco las vidas en su interior. Yo no me siento, hace un segundo podía hacerlo, pero ahora, sentado en una silla roja de un bus rojo en una Bogotá roja, me siento perdido en una ventana de melancolía y causas perdidas, me veo mirando a gente cansada, en unas llantas desgastadas y un conductor a punto de dormir. En el frente dice “último Servicio”, en la estación...

Yo no sé

No me siento bien escribiendo y no encuentro el punto final de las comas mal puestas, no sé leerme después de escribirme, no sé darle levedad a los párrafos en medio de tanto peso en prosa; No sé cómo sentirme, si al revisar cada cosa, a cada palabra quisiera borrarle un nombre, una tilde, un perfume o un acento, no sé qué decir cuando hay tres palabras que tienen sentido en cada frase, si el resto me parece relleno, si no encuentro mi cabeza de lleno para imaginar nada, para sentir nada diferente, bueno, dinámico.  No encuentro momentos perfectos para escribir, entusiasmado se me traban las letras, deprimido se vomitan y parecen sopas servidas en un burdel, triste   se ven parcas, alegre exageradas y románticas ridículas, todas en analogías inventadas sin ninguna gracia. Soy repetitivo, instintivo, temático y aburrido, la mayoría pierde el hilo, el interés, las ganas, no hay como atar a nadie a un montón de ideas sin organizar. Se me van buenas ideas, se hunden e...

Extraños

Era un Motel y estaba encima de un Bar, al lado tenía una Iglesia, y en la esquina estaba Florencia acompañada del mar; en la calle yacía Lucrecia, y le cubrían tres billetes la entrepierna y el ombligo, bebía vodka fino y vendía   racimos de uvas para acompañar; eran los siete pecados capitales, y uno que otro de más. -No tienes una buena actitud para esto, tal vez es mejor que te vayas de una vez- dijo ella casi sin voz y cansada de discutir sola, chocando sus palabras contra cinco paredes, cuatro de concreto y una de carne y hueso – No puedes esperar que las cosas mejoren así – soltó, como dejando salir un suspiro decepcionado que no tiene lugar en el mundo, un último respiro de resignación donde antes habían mil tramos de aire puro, donde ahora se encuentran ahogándose la razón y las ganas, ganas que se fueron extinguiendo poco a poco en cada beso y cogida que tuvieron, cada palabra bonita, una peor que la otra, en un desgaste permanente que no pudo notarse sino hast...